Tal vez se pueda describir el horror, tratar de agarrarlo por la nuca y sostenerle la mirada. Comprenderlo.
No.
No queda ya estómago para comprender.
Tal vez se puedan imaginar otras realidades, ciertos ecos de lo posible. Y probar, además, quién sabe, a ensanchar la percepción, ampliarla como la sombra del último sol.
En Colombia, en Latinoamérica, en el mundo, quizás y a pesar de todo, podamos aún confiar en el arte. Sí, confiar en un arte feminista. En un vehículo de desarticulación de los imaginarios hegemónicos. Una fuerza que sea urgencia, lenguaje y respuesta.
Las mujeres feministas, ellas, todas, situadas en el centro del arte, de estas ruinas hechas polvo y semilla, musgo y raíz.
Mujeres en el centro.
Mujeres, al fin y al cabo, de puño y letra, que son dos y la misma cosa.




